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LAS CRÍTICAS
(FRAGMENTOS)
Artículos de Carlos Gil, Julián de la Llana, Ángel Ugidos, L. Castellanos, Manuel
Sesma, Víctor M. Díez,
Fernando Herrero, Carlos Toquero, Alfonso Mendiguchía y Julia Amezúa
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UN MUNDO
INHÓSPITO
Carlos Gil.
ARTEZ
27 de
septiembre de 2004
Es un milagro escénico, la palabra se
vuelve teatralidad, y las situaciones generadas configuran un bello
espectáculo que llega a estremecer.
Una cosmogonía de la desazón alzada desde un sustento de palabras
que tejen una textualidad correspondida por una propuesta estética
rotunda, magmática, una manera de movimientos, una forma específica
de interpretación. Un mundo inhóspito descrito desde la excelencia
teatral. Ya nunca puede ser "Celama" de otra manera que desde esta
puesta en escena.
Sin lugar a dudas es un trabajo de madurez, un paso cualitativo de
Teatro Corsario, en esta ocasión junto a Cantárida Teatro, y uno de
los mejores trabajos de creación global de Fernando Urdiales. El
equipo actoral brilla en conjunto y en sus individualidades y el
espacio sonoro contribuye, junto a la escenografía y la iluminación
a crear esa agradable sensación de estar ante algo que no solamente
es bello, conmovedor, divertido, que ayuda a la reflexión, sino
importante. Teatralmente muy importante.
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TIERRA DE MUERTOS
Julián
de la Llana.
DIARIO DE SORIA
6 de
Mayo de 2004
Parábola dura,
impresionante, convertida en una pieza de teatro igualmente fuerte y
nada complaciente. Una obra que, en sus diversas escenas, recoge
aspectos de diversos autores y motivos estilísticos, como Beckett o
Valle Inclán, el expresionismo o el esperpento; sin olvidar el mundo
clásico una Antígona rural y un Creonte mutilado.
Fernando Urdiales,
al frente esta vez de Corsario y Cantárida, ha realizado un montaje
insuperable y nada conformista. Ha logrado crear un clima tenebrista
y angustioso a partir de una escenografía original, simbolista,
donde usa poéticamente los objetos y destaca un vestuario trabajado
con inteligencia. En ese cementerio se mueven unos
personajes espectrales, dotados de vida/muerte por unos actores
geniales que ofrecen una interpretación expresionista acorde con el
ambiente y situaciones generadas por la obra. Urdiales busca el
matiz, que para él es esencial. Incluso hace que la música se
transforme en un personaje más. Y si el texto es importante en
Celama, no lo son menos los aspectos visuales, que cuida con
mimo, y en los que colabora una iluminación precisa. Así es
Celama, un mundo espectral, tétrico, umbrío, de claroscuros; un
mundo de muerte, donde, sin embargo, aparece, de vez en cuando, el
humor.
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UN PLATO ESCÉNICO
FUERTE
Ángel Ugidos. DIARIO DE LEÓN
14 de
Diciembre de 2003
Estamos en Celama:
tierra de sueño y ceniza; llanura en la que el viento trae y lleva
las cosas; espacio que no se puede ni siquiera imaginar desde la
ventanilla de los trenes. Gran parábola de un territorio condenado a
vivir particulares cien años de soledad. Teatro Corsario ha asumido
el reto de dar vida en escena a ese país de muertos que es la
trilogía de Luís Mateo Díez "El reino de Celama".
Plato fuerte,
teatro nada complaciente, puro reto creativo, del que la puesta en
escena sale airosa tras su estreno, ayer, en el Bergidum de
Ponferrada.
Un gran trabajo que
exigirá, eso sí, un público dispuesto a enfrentarse a un plato
escénico de alto contenido proteínico.
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EL DEDO ETERNO DEL
TIEMPO
L.
Castellanos. LA CRÓNICA DE LEÓN
16 de
Diciembre de 2004
La
necesidad de desposeer de su manto de impermeabilización al hombre
(y en el que se escuda éste para justificarse y entronizar sus
miserias y sus muchas tinieblas) ha constituido el eje sobre el que
Urdiales derrama su teatro y que en Celama vuelve a
sublimarse. La literatura de Luis Mateo Díez, una mano de seda en
guante garfio, ha propulsado el interés de Teatro Corsario por
consagrar nuevos caminos de caracterización teatral e insistir en
ese modelo investigador con el que desmenuzar cada una de las claves
que participan en la representación. Su formulario se complace y
recrea en el cultivo del riesgo. Los muertos de Celama, una
tierra anclada en la mitología del pretérito, aluden, como reverso
de una moneda desgastada por el dedo eterno del fluir del tiempo, al
vivir, al propio existir de cualquiera, a esa zona de sombras que
cada cual carga como puede y que le empuja hacia sus propios
abismos.
Tal simbolismo se
deposita sobre el escenario, adobado por el verbo demoledor de un
Luis Mateo en estado de gracia creadora, merced a una puesta en
escena que pone énfasis en la visualidad, en una estética tenebrista
y umbría que refuerza un mensaje basado en la memoria, la
desaparición y el adiós. Por eso, precisamente por la carga
simbólica que sostiene el paso de la función, Urdiales echa mano de
una iconografía tétrica, emplazada en un escenario-cementerio
poblado por un rosario de espectrales personajes, que se arroga una
función de enorme personalidad expresiva y comunicativa.
La comicidad abunda en
la obra porque precisamente la muerte parece, a modo de paradoja,
provocarla. El montaje no quiere sustraerse a ella y la incorpora a
su propia esencia, la misma en la que se acomodan plenamente las
coreografías, canciones (inolvidable el tango que la muerte
interpreta para arrebatarle la vida al pastor de Celama) y músicas
que ornan el transcurrir escénico.
Celama no es un
simple recreo estético, sino la constatación de un festín teatral
que, apoyado en referentes localistas, universaliza su propuesta,
nos reconcilia con el teatro, cada vez más aburguesado por las
causas y efectos que le atribulan, y acuña un mensaje que no se
suspende en la nada.
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A UNA TIERRA
ABANDONADA
Manuel Sesma S. EL ADELANTADO DE SEGOVIA
9 de
Mayo de 2004
Celama, el espectáculo que han presentado Teatro Corsario y
Cantárida Teatro este fin de semana en el Teatro Juan Bravo está
basado en la novela “La ruina del cielo” de Luis Mateo Díez, que
junto a “El espíritu del páramo” y “El oscurecer” conforman una
trilogía narrativa acerca de Celama.
Un poema.
Luis Mateo Díez ha escrito un texto hermoso impregnado de cariño y
amargura en el que se refleja la vida hostil, el paisaje agreste,
y unos personajes marcados por la sequedad, el descreimiento y la
miseria de una tierra roída por la herrumbre. Es un territorio en
regresión, en donde quizá lo único efectivo sea la muerte, y veces
la locura. El autor ha creado una patria mental llamada Celama,
una localidad fantasmal, que evoca un mundo que a algunos nos
parece palmario
Tanto el
texto como el montaje reflejan un universo de adversidades, de
abandono, de olvido y marginalidad: "Celama es el culo del
mundo"... En realidad, Celama es una idea, un concepto con los
atributos de desamparo, muerte y desaparición.
Fernando Urdiales, director del montaje, ha realizado un
trabajo profesional espléndido al igual que todo su equipo de
actores y técnicos.
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CELAMA “REVISITED”
Víctor M. Díez. LA CRÓNICA DE LEÓN
15 de
Diciembre de 2003
Ha funcionado la
“tirolina” mental trazada entre el imaginario de Luis Mateo Díez y
la imaginación de Fernando Urdiales. La dificultad era máxima: de la
novela al teatro, del mundo de Luis Mateo al “desmundo” de Urdiales,
del realismo mágico de la trilogía al expresionismo peculiar del
teatro de Corsario...
Urdiales se ha adentrado
en el territorio imaginado por Luis Mateo y le ha inoculado el
veneno de su arte expresionista, la rabiosa verdad de sus actores,
que han conseguido “encarnar, dar vida” a los muertos. Afilando los
perfiles de esos personajes, hasta el límite abismal de su
poshumanidad, aquilatando las lindes de ese territorio humeante.
Así, la obra se rehace
en sus esencias, sometida a un cirugía en la que ambos autores de la
versión teatral han arriesgado como sólo lo hacen los verdaderos
creadores. La sintaxis de la obra se va haciendo a fogonazos, a
puntadas, pequeñas escenas que son atisbos de un territorio mental
(la memoria) que conforma esa Celama de los muertos, hasta espesarse
en una sutura densa y compacta de escenas corales cantadas, bailadas
e interpretadas con una sutileza y solidez que emociona. No falta el
humor en la gravedad, no sobra la reflexión en el regocijo, las
piezas van armándose a la vista, como el espacio escénico mismo. Las
claves para leer esta Celama teatral son, sin duda y en origen, las
del mundo de su autor Luis Mateo Díez. Pero también las del bagaje
artístico de más de veinte años del Corsario. Ahí está el descarnado
paisaje de Tadeusz Kantor, el cómico absurdo de la vida según
Beckett, el Valle de las Comedias Bárbaras, Artaud, etc... También
los años de trabajo con los clásicos españoles con los que Corsario
ha hecho un trabajo radical y contemporáneo.
Estamos ante uno
de los acontecimientos teatrales de la temporada. La conjugación de
elementos de nuestra tierra son muchos. El autor, la producción, los
actores, la obra, el director... Todo. Y, sin embargo, nace como el
verdadero arte con la vocación universal de lo propio abriéndose al
mundo. Hoy que los localismos buscan banderas donde no las hay.
Estos actores son nuestra bandera, uno de nuestros motivos de
orgullo. Sobreviven, a pesar de nuestros políticos y de nuestra
miseria, con una dignidad que emociona casi tanto como su arte.
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LA MEMORIA DE LA MUERTE
Fernando Herrero. EL NORTE DE CASTILLA
10 de
Junio de 2004
Este
espectáculo, sin ningún tipo de concesión, encara, a la vez, el
recuerdo de una región inhóspita y perdida y el de la muerte, que
pone fin a las vivencias de sus habitantes.
Sobre las
novelas de Luis Mateo Díez, el cañamazo dramatúrgico se articula con
una serie de episodios a través de un narrador, el Doctor Ismael
Cuende, que nos presenta Celama como un reino de muertos que parecen
resucitar para hacer todavía más inevitable la pérdida de la voz,
del cuerpo y de la propia memoria de su existencia.
El médico ha
sido testigo de todas esas muertes antes de producirse la suya. Los
juegos entran a veces en lo grotesco, en una especie de sentido del
humor ácido pronto desmentido por las máscaras, buen hallazgo de
Jesús Peña y Teresa Lázaro, que cubren a los actores en una imagen
de raigambre solanesca.
La escenografía
recrea una atmósfera tenebrista y oscura, en la que los muertos
cobran una especie de vida esperpéntica y sarcástica a la vez.
El
espectáculo tiene momentos de esa fuerza que va más allá de la pura
representación, como si algo personal gravitara en el conjunto. Obra
pesimista, muy bien escrita por la pluma de Luis Mateo, pero que
permite que esa memoria de la muerte recupere del olvido a unos
seres muy próximos de los que habitaron la imaginaria Celama.
Lleno en el
Teatro Calderón en la tercera representación y muchos aplausos para
todos, que se multiplicaron cuando Fernando Urdiales apareció en el
escenario.
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ENTRE LOS MUERTOS
Carlos Toquero. EL MUNDO
8 de
Junio de 2004
Urdiales
consigue un ritual onírico de inmensa teatralidad, una maquinaria
bien engrasada (luz, escenografía, vestuario), una poderosa
dramaturgia, donde todo está cuidado al máximo para potenciar ese
teatro de la muerte, esta ceremonia expresionista de agridulce
humor, y con una coreografía formidable, gracias a la cual consigue
potentes imágenes plásticas moviendo a los actores en escena.
Todos los actores
se han volcado absolutamente, pero, aunque el nivel de entrega y
resultado está muy igualado, hay que destacar a Javier Semprún, por
su genial trabajo en el personaje que sale del baúl. A Jesús Peña y
su mágica marioneta del labrador, a Rosa Manzano, quien encarnando a
la muerte, sube al máximo el clímax de la última escena, y a Pedro
Vergara, como doctor Ismael Cuende, hilo conductor de la acción
escénica.
Con Celama,
espectáculo nada complaciente trabajo sin concesiones, se han metido
al público en el bolsillo, lo han hecho vibrar de emoción.
Muchos aplausos
para todos ellos, al final de la representación.
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UN MONUMENTO
Alfonso Mendiguchía.
LA
GACETA DE SALAMANCA
15 de
Abril de 2004
Hoy, que se
hacen homenajes a
cualquiera y ya no hay colores libres para los lazos reivindicativos
de mil causas y cada colectivo tiene su propio día, alguien se podía
acordar de levantar un monumento a Urdiales. Es admirable que
después de tantos años un grupo independiente de ‘provincias’ siga
con los mismos mimbres peleándose por el teatro de una comunidad
relegada institucionalmente al submundo de los desamparados. Una
ciénaga tan turbia y muerta como la Celama que nos dibuja Corsario.
Celama es una nebulosa onírica reconstruida como un puzzle de lodo
desde la acritud y la ironía de la muerte. Una obra escrita entre el
desasosiego del 98 y el realismo mágico que conforma un campo de
sueños ásperos y paraísos rurales perdidos. Aunque Corsario haya
aparcado los clásicos, continua haciendo de la creación de
atmósferas su mayor virtud, con una estética impecable y un ritmo
sostenido apoyado en grandes interpretaciones.
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A
UN MUNDO QUE NOS DEJA
Julia
Amezúa.
ABC
8 de
Junio de 2004
Celama es una
comarca de trabajo, sufrimiento y resignación: tierra
reseca y agreste; reino decadente ‘sin luna ni sol’ llamado a
desaparecer ante el abandono, la despoblación, la miseria y la
muerte. En este mundo, sus habitantes (con esos característicos
nombres arcaicos) se perpetúan a través de la memoria en las
historias o cuentos orales que se trasmiten en las largas noches de
invierno.
Las escenas, articuladas por la voz de un narrador épico, el médico
de Celama Ismael Cuende, gran oidor de historias, trasmiten la cara
más dura de Celama, la amargura de un mudo rural en el que la muerte
se pasea a sus anchas y donde sus habitantes se acaban convirtiendo
en peleles (como la escena del títere que cava la tierra hasta el
último aliento, manipulado con destreza por la muerte, encarnada por
Jesús Peña). Escenografía cuidada con un vestuario acorde,
importante apoyo evocador de la música y de la iluminación a favor
de la consecución de un mundo oscuro y espectral (mundo de voces de
fantasmas que evoca a Comala de Rulfo). En un escenario-cementerio
donde se pasean los muertos, se desenvuelven con destreza los
personajes encarnados con tino por el conjunto de
actores.
El espectáculo toca una de las lacras
de nuestra comunidad dejando un fuerte poso de nostalgia e invitando
a considerar lo que supone de hachazo en nuestras raíces que
desaparezca la cultura rural. El Teatro Calderón lleno y muchos
aplausos para Corsario.
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